Los secretos  pero a tu lado

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Tanto si guardas un secreto a tu pareja, a tus padres, a tus hermanos, a un amigo o a tu jefe, ocultar algo puede afectar negativamente a tu cuerpo y a tu mente. Se sabe que los secretos disminuyen nuestra autoestima, afectan a nuestro bienestar y dan lugar a relaciones insatisfactorias.
La ocultación y el engaño, dos de los principales requisitos a la hora de guardar secretos, pueden ser extremadamente agotadores y abrumadores de mantener. Guardar algo en el interior puede hacernos sentir fraudulentos, inauténticos e incluso aislados porque siempre tenemos que vigilar lo que decimos a quién. Los secretos se vuelven más pesados a lo largo de los años; así que cuanto más tiempo los retengas, más duro será el peaje que te pasen.
La mayoría de las veces, lo más difícil es guardar nuestros propios secretos. Es cuando más pensamos y rumiamos nuestros propios errores; y cuando no estamos ocupados intentando guardar nuestros secretos, es probable que nos preocupemos por ellos. Básicamente, el problema de los secretos no es que tengamos que ocultarlos a otras personas. Es que tenemos que seguir viviendo con los secretos por nuestra cuenta.

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1. No te apresures a aceptar un ascenso. Un aumento de sueldo o una promoción suelen conllevar responsabilidades adicionales que quizá no estés preparado para asumir. Tienes que pensar si es el momento oportuno o si tienes las habilidades adecuadas para las nuevas funciones. También es posible que no te guste mucho tu equipo y que, por tanto, estés buscando activamente otro trabajo. O simplemente no te interesa ascender porque disfrutas más que nada de tu puesto actual.
Si decides rechazar el ascenso, sé sincero con tu jefe sobre los motivos. Explica por qué crees que no estás preparado para dar ese salto y qué habilidades necesitas pulir un poco más. Asegúrate de compartir tu fuerte compromiso con la empresa para que tu empleador sepa lo apasionado que eres. No querrás que sospeche que estás pensando en dejar la empresa.
E incluso si te despiden, no será una decisión exclusiva de tu jefe. Tendrá que hablar con su jefe y explicarle la situación antes de hacerle el anuncio. Sin embargo, si trabajas en una start-up en la que el director general es tu jefe, el proceso de despido será mucho más rápido.

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Duele guardar secretos. El secreto se asocia con un menor bienestar, peor salud y relaciones menos satisfactorias. Las investigaciones han relacionado el secretismo con el aumento de la ansiedad, la depresión, los síntomas de mala salud e incluso la progresión más rápida de las enfermedades. Hay una explicación aparentemente obvia para estos daños: Ocultar secretos es un trabajo duro. Hay que vigilar lo que se dice. Si te preguntan por algo relacionado con el secreto, debes tener cuidado de no cometer un desliz. Esto puede requerir evasión o incluso engaño. La vigilancia y la ocultación constantes pueden ser agotadoras.
Sin embargo, nuevas investigaciones sugieren que el daño de los secretos no proviene realmente de la ocultación, después de todo. El verdadero problema de guardar un secreto no es que haya que ocultarlo, sino que hay que vivir con él y pensar en él.
El concepto de secreto puede evocar la imagen de dos personas en una conversación, en la que una de ellas oculta activamente a la otra. Sin embargo, este tipo de ocultación es en realidad poco común. Es mucho más común rumiar nuestros secretos. Es nuestra tendencia a rumiar nuestros secretos lo que parece más perjudicial para el bienestar. El simple hecho de pensar en un secreto puede hacernos sentir poco auténticos. Que un secreto vuelva a la mente, una y otra vez, puede ser agotador. Cuando pensamos en un secreto, puede hacernos sentir aislados y solos.

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IntroducciónTodos tenemos nuestros secretos personales; historias del pasado o del presente que no queremos compartir con otras personas. En su famosa novela Ulises, James Joyce reflexiona sobre este hecho y señala que «los secretos, silenciosos y pétreos, se asientan en los oscuros palacios de nuestros dos corazones» [1]. Los secretos no sólo han despertado el interés de los escritores, sino también de los científicos. Los investigadores han definido el secreto como «la intención de ocultar información a uno o más individuos» [2] y señalan que es increíblemente común. Slepian y sus colegas [2] descubrieron que casi todos los participantes en su estudio declararon tener al menos un secreto. Estos secretos a menudo se referían a pensamientos extra-relacionales, comportamientos sexuales, mentiras y deseos románticos que no se comparten con nadie, pero también al aborto, las orientaciones sexuales y las propuestas de matrimonio, que no se guardan del todo para uno mismo pero tampoco se comparten abiertamente.
Volviendo al Ulises, James Joyce no sólo observa que todos tenemos secretos, sino que describe a los individuos como «cansados de su tiranía» y a los secretos como «tiranos dispuestos a ser destronados» [1]. Su observación coincide con las investigaciones que demuestran que existe una tensión entre revelar y ocultar información privada [3]. Tener secretos puede tener consecuencias negativas para quien los guarda: Mantener un secreto se asocia a la rumiación debido a la supresión de pensamientos y a un pensamiento más intrusivo [4, 5], puede ser estresante y puede perjudicar la salud [6]. Además, no es necesariamente sólo la ocultación de los secretos, sino también el aumento asociado de la experimentación de la fatiga [7] y los pensamientos espontáneos más frecuentes sobre los secretos que afectan negativamente al bienestar de los individuos [2, 8]. Los investigadores también han estudiado los antecedentes y las consecuencias de «destronar a los tiranos cansados» [1] al compartir un secreto con otra persona. La decisión de compartir un secreto no es tan infrecuente como podría pensarse: compartir un secreto con al menos una o dos personas parece ser al menos tan común como no compartir ningún secreto [2]. Parece que, aunque hay razones para guardar un secreto, también las hay para compartirlo.